La nueva era de Karlos

Un rayo de esperanza, pero no sin gotas de curiosidad e incertidumbre también, vislumbró Karlos cuando vio un manuscrito al lado de la máquina de café. Trabajaba en el departamento informático del Ministerio de la Información y la Comunicación Digital desde hacía ya 20 años. “El hábito hace al monje” repetía diariamente frente al espejo del baño mientras se cepillaba los dientes e incrustaba de gomina su largo pelo. Karlos era de complexión encorvada y un mechón rebelde le sobresalía inconfundible de su peinado exageradamente engominado.

Su labor diaria consistía en mantener que los canales de comunicación vigentes y las formas de ocio sólo se desarrollasen con la única tecnología válida por aquel entonces: La pantalla teclado.

Era el año 2300. La escritura a mano y todo acto de expresión libre se habían extinguido hacía años en pos de la pantalla teclado, implementado por el Gobierno. Karlos, pero sus colegas lo conocían como K también, formaba parte del Gobierno y de todo su “perfecto” engranaje. No estaba muy orgulloso de ello, pero era su trabajo y obligación. Tampoco se le daba mal.

No vaciló Karlos ni un instante cuando recogió el manuscrito, se manejó por un impulso casi cegador. Rápidamente se lo guardó en su bolsa, se aseguró bien el cierre de la misma, cuando la máquina de café emitió su señal de “café listo para llevar”.

-Buenos días K, ¿Cómo te has levantado hoy?- Le preguntó un compañero que había entrado al Office en ese momento, dispuesto ya para el primer café de otra larga jornada.

-Bien, como siempre, con más ganas que nunca de hacer este mundo el lugar perfecto para vivir, ya sabes- Así respondió Karlos y le deseó a su compañero que tuviera también “Feliz jornada laboral”.

Inmerso ya en su pantalla teclado, Karlos pulsaba las teclas con tal entusiasmo como si de ello dependiera lo que iba a sucederle a la vuelta de la esquina. Se sumergió en su puesto de trabajo y las horas se sucedieron como si no hubiera habido tiempo ni siquiera para un pestañeo. El estrés laboral no le era ajeno.

Sonó “el toque de queda”, K se sobresaltó más de lo normal, pero significaba que ya finalizaba otra jornada laboral más en el Ministerio de la Información. Era hora de bajar a las entrañas de la ciudad para acceder al metro.

Entonces su ansiedad y preocupación diarias aumentaron considerablemente por unos instantes. Las puertas del vagón del metro se abrieron de par en par, y K se sambuyó en la “cascada” de gente para desembocar en un rincón minúsculo imposible. Era el momento de abrir el libro para echarle un vistazo, pero no había tiempo para más.

Una alarma ensordecedora inundó las bocas del metro y el vagón pegó un frenazo tan brusco que todos cayeron al suelo. Los pasajeros abandonaron asustados y preocupados sus pantallas teclado, ya que la activación de este tipo de alarmas, normalmente, es indicativo de una bomba a punto de explotar.

Lo tenía que guardar sí o sí aquel manuscrito encontrado en la cafetería del Ministerio, la alarma del “sistema” había saltado. K ya estaba siendo perseguido. Físicamente se sentía más pesado de lo normal, solía comer de manera compulsiva y ello le había hecho aumentar su barriga prominente; Pero aún así corría con toda su alma, un poco más liberada en ese momento.

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