El manuscrito

Prólogo

Un día cualquiera, de camino al trabajo, fue durante uno de mis viajes en metro. Fue algo espeluznante cuando a mi alrededor, en el vagón del metro, todos los viajeros estaban con sus miradas enfocadas hacia sus smartphones, tecleando sin cesar. No fue durante mucho tiempo, pero aún así dicha imagen me impactó especialmente como hacía tiempo algo no me llamaba tanto la atención. Fue un momento breve e intenso, lo suficiente como para hacerme reflexionar sobre varios temas.

No voy a negar que yo también miro el móvil, sobre todo para la prensa deportiva y contestar algún mensaje siempre y cuando sea urgente, pero aquello, aquel instante, fue sobrecogedor.

Así las cosas …

Un rayo de esperanza vislumbré cuando accedí al vagón del metro. Fue alzar la cabeza y la mirada se me fue con desenfreno, intensidad. Ahí estaba, esa persona y ciudadano, siguiendo atentamente las páginas de un libro. Sí, un libro. Pero no uno cualquiera.

Las páginas de ese manuscrito contenían algo especial, como un códice secreto que parecía desentrañar los misterios de nuestro universo, como así también hacía plantearme, no sé por qué, la siguiente cuestión: ¿Para qué han creado unas leyes que deciden el qué y cómo comunicarnos?. La realidad era que las pantallas, instauradas o edificadas sobre dispositivos o “gadgets” de lo más variopinto posible, se habían convertido en nuestro principal medio de comunicación, sistema de ocio y conocimiento. Resultaba difícil concebir por aquel entonces que nuestra capacidad de socializarnos y establecer relaciones interpersonales se basase en un diálogo o conversación “cara a cara”.

¿Qué había pasado?

No lo sabía con certeza todavía. En lugar de provocarme pavor dicha incertidumbre, lo que hacía era abrirme hacia un camino de esperanza, deseos de conocimiento y curiosidad.

Sé que debo seguir ese rayo de esperanza … y ese libro.

Unos segundos más tarde, con un inusual frenesí, un fuego y energía asombrosas irradiaban fulgurantemente del teclado a través de los dedos de los viajeros que llenaban el vagón del ferrocarril. Como si de ello dependiera el instante siguiente que les deparaba a la vuelta de la esquina.

Era el año 2300, leyes y sentencias nos amparaban para decidir el qué y el cómo decir las cosas, nuestras ideas. La pantallateclado era nuestro todo con sus contenidos predefinidos. No había lugar para el pensamiento y la imaginación, la ley lo determinaba así y era inamovible. La escritura a mano y todo acto de expresión libre se habían extinguido hacía años en pos de la pantallateclado, implementado por el Gobierno. El alma del ser humano y la libertad de expresión estaban en crisis.

Fue entonces cuando recordé la escena de aquella persona, portando ese libro que contenía el códice secreto, el único en la faz de la tierra escrito a mano por aquel entonces; Parecía que alguién o todos nosotros lo estábamos persiguiendo, pues ahora subía raudo las escaleras automáticas, como olvidándose de dichos automatismos, para desembocar hacia las masificadas calles del centro de la ciudad. Ahora lo entendía, me cuadraba todo, era un proscrito de la palabra escrita.

Al mismo tiempo felicidad y alegría emanaban de nuestros rostros, que aunque estuvieran pegados a las pantallasteclado, se podían percibir en el ambiente.

Será que las pantallasteclado nos hacían sentir que vivíamos en una sociedad plural, democrática y libre. Quizás el engaño, el miedo y la manipulación nos hacía sentir lo suficientemente libres.

¿Pero qué pretendía aquel ser llevando ese libro escrito a mano, que ves a saber lo que plasmaba y encima caminando de esa manera? Miedo y esperanza se fundían en su mirada intransigente y desafiante. ¿De dónde había surgido el libro? Posiblemente se esté reescribiendo nuestra historia después de todo, y ese ser anónimo tenía la clave.

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